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"Paraguas intervenidos: 

los deliciosos secretos de la marginalidad" 

por Luis Arambilet- revista ARTES Santo Domingo

El día siguiente a la apertura formal de la V Bienal del Caribe, fui, cámara en mano, a husmear tranquilamente entre los escenarios superlativos, luego de la resaca inicial provocada por el bombo y los platillos.

Derivé, no hacia la entrada magnífica del Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, la cual aún era fregada con ardorosos químicos color rosa para quitar sus manchas inaugurales, sino al vecino Museo del Hombre Dominicano, en busca de una discreta muestra itinerante que formaba parte integral de las múltiples festividades artísticas, las cuales abarcaban un amplio y vibrante periplo a través de la ciudad de Santo Domingo.

Al acercarme a la isleta central de información fui recibido con la mirada somnolienta y extrañada de la asistente de turno, quien, todavía amodorrada, recibía los galanteos de un enorme policía que le sostenía toscamente una de las manos. La extrañeza en su mirada quizás se debía a que apenas eran las nueve y media de la mañana o, quizás, porque allí yo no parecía tener nada que buscar y mucho menos en el momento en que interrumpía sus inocuos juegos de seducción.

-Buenos días. ¿La muestra de paraguas, señorita?

-¿Paraguas? No, eso no es aquí. Pregunte en otro edificio -respondió algo irritada.

-¿Está segura que aquí no hay una exhibición de sombrillas? Se llama “Proyecto Paraguas” –insistí.

-No, aquí no hay nada de eso –declaró con frialdad, al tiempo que el agente policial me lanzaba una mirada cargada de mala voluntad y se arreglaba con la mano libre la macana en el cinto.

Un muchacho que pasaba con algunas cajas apiladas en los brazos alcanzó a escuchar mi solicitud y, con una gran sonrisa, me informó: -Señor, en el tercer piso.

-Gracias –le dije, al tiempo que abandonaba con cierto alivio el conato de romance en la isleta.

Subí en un anciano ascensor, enorme y gris como un destructor veterano de los siete mares, hasta el lugar donde reposaba la muestra. Allí, apenas salir del elevador, sobre un panel desvencijado en los bordes, flanqueado a su vez por una escoba, varias maletas y una escalera de aluminio, se podía leer: “Proyecto Paraguas. Convocatoria internacional de paraguas intervenidos por artistas”. Debajo, en letra muy menuda, se incluían los quince países participantes en la itinerante. Al centro del panel, el esqueleto desnudo de una sombrilla de mano que alguna vez fue ambarina al momento de proteger a su dueño del sol, servía de bienvenida a lo que anticipaba ser una exhibición promisoria.

Efectivamente, al entrar me recibió una pieza extraordinaria de Luz Severino (Sabana de la Mar, R.D., 1962), un collage tridimensional tachonado de retazos y emblemáticas cuadrículas ocres salpicando el telar superior, un artefacto espléndido coronado con una soga a modo de coleta y, en el interior del armazón, un gato negro acurrucado que parecía descansar el espanto de una tormenta rabiosa. Una pieza con mango de cabuya que había permanecido inquieta desde el 1999 en el closet mágico de La Galería de Mary Loly, donde una vez, de manera casi premonitoria a esta muestra, se intentó aglutinar en Santo Domingo la misma experiencia con el tema de los paraguas.

De ahí en adelante, un mundo sensual de formas y croma, amalgamado y exuberante, plagaba el amplio recinto perfectamente iluminado gracias a las generosas claraboyas de plexiglás.

Paraguas emplumados, paraguas utilitarios (al punto de servir de soporte a una cortina para ducha), paraguas bordados, paraguas promocionando a Supermán como candidato a la presidencia, paraguas recordándonos que el cielo puede ser peligroso, paraguas apelando a la alegoría, a la metáfora, paraguas cual tropos, cual sinécdoque y metonimia, paraguas soportando en sus varillas el peso de la influencia de siglos traspasada a jóvenes artistas desprendidos y oficiosos; paraguas, sombrillas y quitasoles, diminutos microcosmos sorpresivos adosando a sus contornos caleidoscópicos el laberinto de las abstracciones, el oficio artesanal y las grafías insólitas, codo a codo en un solo y enorme salón donde flotan poseídos estos enseres anónimos como plumones de seda desprendidos en pleno vuelo.

La comunicadora social, curadora y poetisa, Melisa Eijo (1980) y el versátil artista Martín Molinaro (1971), ambos con base en la ciudad de Rafaela, provincia de Santa Fe, Argentina, son el alma del proyecto itinerante que va aglutinando más de 200 piezas a la fecha, a pesar de los múltiples inconvenientes que les plantean las autoridades aduanales y los engorros arancelarios.

La razón de ser del Proyecto Paraguas no es compleja y la explican al insertar un giro poético en la convocatoria misma:        

“Por qué: Está lloviendo aquí en esta pequeña ciudad (Rafaela) y probablemente al igual que aquí en cualquier rincón del mundo, la lluvia es algo especial: milagro, melancolía, descanso, anuncio, intimidad.

Es parte de ese excepcional y sorprendente escenario en el cual vivimos, crecemos y nos encontramos. Agua, llanto, humedad, vientos, goteras que surgen inesperadas entre el aire que respiramos.

Lluvia milagro. Lluvia esperanza. Lluvia catástrofe. Lluvia paraguas. Paraguas. Resistencia.

Y mientras llueve en esta pequeña ciudad nace la propuesta: Resistirnos a creer que las distancias separan. Resistirnos a los descoloridos paraguas que andan las calles los días lluviosos condenados eternamente a proteger a esos sujetos que tanto temen a la lluvia y a los colores.

Entonces pensamos en intervenir. Intervenir para resistirnos. Y convocar...”

Con esta amplia apelativa a los artistas del mundo al través del Internet y los despachos informativos de los museos, se produce de nuevo un fenómeno cada vez más común: el curador independiente, como oficiante autónomo, aglutina propuestas válidas e interesantes y se ocupa de diseminarlas a los cuatro vientos.

En noviembre pasado transitó como una tromba magnífica por nuestro Museo de Arte Moderno los “Juguetes para Ícaro, abanicos de dos mares”, al cuidado de la dama cubana Llilian Llanes Godoy, recaudando generosos aportes de artistas dominicanos y enfilando sin pausa rumbo a Europa y Asia.

Un rastreo histórico al proceso evolutivo de mostrar objetos de interés al público, nos colocaría probablemente en el siglo tercero antes de Cristo, en el Museion de los Tolomeos, donde el acceso al recinto que contenía los tesoros de la antigüedad era privilegio intelectual y veleidosidad de unos pocos personajes influyentes. De allí, el curso lógico nos remitiría a la nacionalización y acceso público a los tesoros reales desbrozados en bélicas campañas colonizadoras o detentado con oportunismo cortesano, iniciado con la apertura del Museo Británico en el 1753 y luego el Louvre, cuarenta años después; hasta tocar tierra justo en el siglo XX, cuando las radicales transformaciones socioculturales replantean con fuerza el limitado y elitista papel de los museos y su escasa penetración en los conglomerados humanos.

Los museos, hoy día, ya no simplemente exhiben acervo sino que comunican tendencias, perfeccionan sus prácticas expositivas, modulan la curaduría y amplían la conciencia en materia de conservación.

La concepción arcana de mostrar objetos aislados ahora se transforma en contextos dinámicos aglutinantes que amplifican el significado de propuestas solitarias y las trastocan en gritos colectivos.

Así nos llega el Proyecto Paraguas, en forma de canto coral desde un enclave discreto en el cono sur, hilvanado con cientos de manos que intentan plantear algo inteligible que habrá de ser desentrañado con alma pitonisa: Iras desbordadas, frustraciones contenidas, paciencias al borde del sobregiro, denuncias con secuela, odas silbadas, confabulaciones patizambas y disonancias encendidas, reseñando con eco nuestras idiosincrasias y similares fórmulas de vida, dejan transitar la mezcla de propósitos y oficios entre cada eje de sombrilla, al través de la geometría del varillaje y sobre la fragilidad del telar.

Así pues, la gitanería itinerante del Proyecto Paraguas pasa con la fuerza del torrente que arrastra sedimento basáltico, contrastando con la cierta mansedumbre con que se gestó su ciclo existencial: La primera muestra colectiva se realizó en marzo de este mismo año, en el Museo Municipal de Bellas Artes Dr. Urbano Poggi, en la ciudad de Rafaela, presentándose durante un mes y siendo visitada por más de 1,500 personas.

Con una convocatoria de temática libre y sin censuras envueltas en el proceso, los artistas participan al enviar por correo el paraguas intervenido con la técnica que se prefiera y con la única condición (puramente práctica, para fines de transporte y aduanas) de que el paraguas pueda abrirse y cerrarse.

A Martín Molinaro, el otro cómplice gestor de la itinerante, junto a Melisa Eijo, no le es ajena la ciudad de Santo Domingo ni tampoco el Museo del Hombre Dominicano. En el año 2001 presentó una muestra de pinturas e instalaciones en el MHD. Participó asimismo en el proyecto Valijas, exponiendo ese mismo año en Casa de Teatro y, además, ejecutando su performance “Maquina para volver” (como parte de la esencia marginal de la IV Bienal, maravillando a parroquianos y peatones en la calle el Conde).

Molinaro, un prolífico artista, trabaja por igual las instalaciones como el humor gráfico, la animación, las ilustraciones, las intervenciones urbanas (sombras lúdicas sobre paredes en espacios abiertos, graffiti sobre tanques de basura, sobre árboles, veredas y teléfonos públicos), el dibujo y la fotografía.

Esta pareja de artífices, en perfecta simbiosis interactiva, transitando como nómadas con sus maletas cargadas de sombrillas arrolladas, ha logrado dejar una estela imantada a la que como esporas se adhieren nuevas participaciones temáticas.

En el caso del Proyecto Paraguas, la subjetividad del oficio de intervenir un objeto utilitario se gesta en la nostalgia pluvial, en el seno de lo onírico y, como por encanto, culmina trasgrediendo con espontaneidad las fronteras geográficas, a la par que las barreras del lenguaje.

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